La Epístola del Apostol Santiago

“Las iglesias están en crisis. Muchos creyentes ya no entienden el mensaje del Evangelio. Algunos, por solidaridad con el mundo, prefieren callarse sobre Dios y sobre Cristo, sobre la reconciliación y la redención, sobre la gracia y la fe”.

La Epístola de Santiago indica otro camino.

No está mal creer en Dios y en Cristo, en reconciliación y redención, y dar testimonio de ello. Pero está mal cuando no funciona esta fe.

Dicho de otro modo: el hombre moderno (¿y quién es ése?) no culpa a los cristianos por ser cristianos, sino porque su fe no va acompañada por obras.

A partir del v. 14 Santiago introduce dos personajes por así decirlo, que sostienen puntos de vista opuestos. Lo hace para amenizar su discurso. dice que tiene fe, pero no tiene obras (v. 14); dice que tiene obras, y que está muy bien así, que uno tenga fe y el otro tenga obras (v. 18).

Uno es “fuerte” en la fe, otro es “fuerte” en las obras. ¿No se podría expresar así? ¡No podemos tenerlo todo!

Pero a continuación Santiago aclara por medio de una ilustración que la fe sin obras no sirve para nada, no salva (v.14), ¡es más, está muerta (v. 17)! ¿Para qué sirve, por ejemplo, decirle a alguien que carece de todo: “vete en paz (el conocido saludo judío shalom), caliéntate y sáciate”, – si no unamos la acción a la palabra, y no le proveemos de ropa y comida? (v. 16) ¿Qué puede comprarse ese pobre hombre por tu bonito saludo y buenos deseos?

Se trata aquí de una comparación, que no es tomada de la vida de la fe sino de la actitud ante el prójimo. El punto de comparación está en la contradicción entre decir y hacer. Santiago quiere decir que esto también se aplica a la fe. Cuando no es completada con obras, se ve que está muerta.

Cuando a la fe le faltan las obras, no es solamente un “defecto estético”, sino ¡una cuestión de vida o muerte! “Si no tiene obras”, quiere decir “una fe que no se relaciona”, una fe que está muerta (v.17). La “fe en sí” es una fe introvertida, una fe aislada.

El v. 18 siempre es difícil de comentar, aunque no difícil de entender. Cuando dice: tú tienes fe y yo tengo obras – ¿acaso no está bien repartido así? -, entonces Santiago le contesta a con las palabras: muéstrame tu fe sin tus obras, pero yo te mostraré mi fe por mis obras.

Un buen árbol da buenos frutos (Mt. 7:17), y los frutos se pueden ver. Son la única manera de hacer visible la fe. Se muestra de una forma clara y muy hermosa en la historia del paralítico que es sanado. Sus amigos le traen a Jesús, y se esfuerzan rompiendo el techo para bajarle hasta los pies de Jesús. Y dice el texto: “al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados son perdonados” (Mr. 2:5). Por lo tanto, la fe se puede ver, y se puede ver por los frutos, por las obras. La fe viva y verdadera se ve en el acto.

Queda claro entonces lo que Santiago quiere decir. Quiere decir: no puedes separar la fe de las obras y repartirlas entre dos grupos de una congregación; creyentes al estilo de María, y creyentes al estilo de Marta (Lc. 10:38 – 42). ¿Crees que Dios es uno? (v. 19) ¡Entonces esa fe también tiene que ser íntegra! ¡Esto es, una fe que incluye las obras! ¿Tú eres capaz de mostrar tu fe sin tus obras? Sin embargo, yo puedo mostrar mi fe por mis obras, dice Santiago. En seguida lo va a ilustrar con ejemplos, primero negativos, del mundo de los demonios, y luego positivos, de la historia de Israel. Estos ejemplos no son como en los vv. 15 y 16, comparaciones sacados de otro contexto, sino ejemplos reales del contexto de la fe.

“Tú crees que Dios es uno”, dice Santiago a sus hermanos judeo-cristianos, y les recuerda su propia confesión de fe judía (Dt. 6:4). “Haces bien, pero también los demonios lo creen, y tiemblan”. Si nuestra fe no es un acercamiento activo a Dios, y no nos impulsa a hacer lo que le agrada, entonces las mayores verdades de la salvación se convierten en una fuente de temor. Creer no es asentir teóricamente, no es puro conocimiento; creer es confiar en, entregarse a Dios, y a continuación hacer lo que Él dice.

Un ejemplo impresionante del hecho que los demonios tiemblan, lo encontramos en la historia del endemoniado gadareno, cuando es sanado por Jesús (Lc. 8:26 – 39). Una fe que no produce obras que no agrada a Dios es calificada como “vacía” por Santiago. Así está expresado en griego en el v. 20: “¿Pero quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es estéril?” (Biblia Textual); porque es infructuosa, no tiene efecto.

Pablo en su Epístola a Tito advierte seriamente contra una fe así de vacía: “Profesan conocer a Dios pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra” (Tit.1:16).

Luego Santiago aporta dos ejemplos positivos: Abraham y Rahab.

ABRAHAM

En su estilo vivo de diálogo pregunta Santiago a sus lectores: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras y que la fe se perfeccionó por las obras?”

“Nuestro padre Abraham” – recordemos a quién Santiago se dirige aquí, a los judeo-cristianos, por lo que este ejemplo habrá tenido mucho significado para ellos -, fue justificado por las obras, cuando estuvo dispuesto a ofrecer su hijo al Señor. Esa disposición contaba como hecho, y con eso le bastaba al Señor. ¡Cómo fue probada la fe de Abraham en ese momento! ¿No era Isaac el hijo de la promesa? ¿Tenía que devolverlo, después de haber tenido que esperar tantos años en vano hasta que naciera? Justo en ese punto su fe es probada: ¿depende su fe de Isaac, o de la promesa de Dios? ¡Pero bajo esa prueba tan dura (véase 1:3) su fe aguanta, sí, alcanza su máxima fuerza! Sobre todo cuando él, estando ante el altar, con su único hijo atado y tumbado encima, “pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir” (He.11:18,19).

Abraham no se quedó meditando piadosamente en su tienda, -se puso de camino-, al monte Moriah, para hacer allí lo que Dios le había dicho. Y así alcanzó su fe efectivamente la cumbre (v. 22), y se cumplió la Palabra: “Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia” (Gn. 15:6), y fue llamado “amigo de Dios” (Ex. 33:11; 2Cr. 20:7; Is. 41:8).

¡Qué nombre más hermoso: amigo de Dios! Confidente de Dios, iniciado en el plan de salvación de Dios. Más tarde Jesús llamó a sus discípulos también así: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer.” Y Jesús añade: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.” (Jn. 15:14,15).

Santiago no lo ha aprendido de ningún desconocido; ese vínculo fuerte entre creer y hacer: ¡lo aprendió de su propio Hermano!

La declaración que la fe de Abraham le fue contada por justicia, es quizás un poco difícil de entender para nosotros. La Epístola de Pablo a los Romanos es en realidad un gran comentario sobre ello. La fe de Abraham es razón para Dios para considerarle como “un justo”, lo que quiere decir, como alguien que cumple el requisito de esa relación de amistad especial que Dios había provisto. En Romanos 4:1-6 Pablo dice claramente qué era lo que fue decisivo para que Abraham como amigo y aliado agradara al Señor, y por lo que fue considerado justo: era por su fe. No era por las obras de la ley (Ro. 3:28).

¿No contradice Santiago ahora a Pablo, cuando dice: por Abraham ves cómo un hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe (v. 24)? Pero debemos entender que Santiago se refiere a otro tipo de obras que Pablo. Pablo rechaza las obras de la ley (Ro. 9:32) como requisito de la justificación por Dios, y dice rotundamente: no, sólo por la fe. Pero Santiago habla de obras de fe, que no pueden faltar a una fe viva. Cuando Dios declara a Abraham justo por su fe, entonces eso es de verdad solamente por su fe en la promesa de Dios (Gn. 15:5,6).

Cuando esa fe-en-la-promesa-de-Dios-sola pasa la prueba en el acto de fe de Abraham en el monte Moriah, su justificación-por-la-fe-sola es confirmada. Dios somete a prueba y corona su propia obra en la vida de Abraham. ¿No es la fe don de Dios, para que nadie gloríe? (Ef. 2:8,9).

Así no queda nada de la controversia (muchas veces sospechada) entre Pablo y Santiago sobre este tema. Pablo ha enfatizado lo imprescindible de las obras de fe tantas veces como lo ha hecho Santiago. Escribe por ejemplo a los creyentes en Éfeso: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe, pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef. 2:8-10).

Así pues: por la fe, por la gracia, y en Cristo, – ¡pero eso no excluye buenas obras, obras de fe, al contrario, las incluye! ¡Fijaos lo que escribe Pablo a los cristianos de Galacia: “en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor”! (Gá.5:6).

Volviendo a lo que dice Santiago: la fe y las obras van de la mano, juntas, y no se dejan separar, porque ¿qué es lo que ocurre entonces? La fe sin obras se muere, y obras sin fe no tienen raíz, no perduran. A veces decimos de algo que “funciona”. Así ve Dios en el monte Moriah, con alegría, que la fe de Abraham no es una fe de labios o un sentimiento romántico… “funciona”, “aguanta”; como suelen decir los chicos cuando prueban el hielo después de unas noches de helada: ¡aguanta! Así es como es con la fe de Abraham: es una fe que obra. Pero – para que nadie se gloríe –, sigue siendo en su totalidad, tal y como es, una fe viva con frutos, y todo don de Dios y obra de Dios en nosotros.

Luego Santiago presenta otro ejemplo más, tomado de la historia de Israel.

RAHAB

¡Sí, Rahab, la prostituta de Jericó, mencionada en Josué 2!

¡Qué diferencia con Abraham, llamado con tanto respeto “nuestro padre! Sin embargo, también ella llegó a ser una madre en Israel, gracias a su fe, que como la fe de Abraham “funcionó” en un momento sumamente crítico de su vida y de la historia de Israel. Por eso ella es incorporada en el pueblo de Dios. Va a ser la madre de Booz, que conocemos en el libro de Rut. Os animo a que leáis el precioso final de ese libro. ¡Rahab va a ser incluso una antecesora de Jesucristo! (Mt. 1:5,6).

¿Hay una gran diferencia entre Abraham y Rahab? Pero el Espíritu Santo añade su nombre e historia a la larga lista de testigos de la fe, en Hebreos 11: “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, porque recibió a los espías en paz” (v. 31). Con qué fuerza ha confesado su fe, cuando los espías estaban escondidos en su casa: “Jehová, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra” (Jos. 2:10). También creía en el futuro para Israel (Jos. 2:9), y en el poder que obra milagros del Señor (Jos. 2:10).

Y no es que solamente lo expresaba de una forma bonita, sino también actuaba conforme a su fe y su confesión. La fe capacita a esta mujer para actuar. No olvidéis que se arriesgó mucho y afrontó la venganza de sus conciudadanos por recibir y esconder al “enemigo” en su casa y ayudarles a escapar. ¡Eso no se lo iban a agradecer en Jericó! Pero por su fe veía cómo estaban los frentes situados de verdad. Y así vemos, igual que con Abraham y el sacrificio de Isaac, cómo su fe aumenta y crece hasta su apogeo en esa situación crítica.

De ambos ejemplos, de Abraham y de Rahab, saca Santiago la siguiente conclusión:

“Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta” (v.26). ¡Ya que no tiene ningún efecto visible! – Una pregunta, para probarnos a nosotros mismos: ¿Tiene nuestra fe alguna influencia sobre lo que hacemos, nuestro ambiente, nuestros amigos, nuestra iglesia?

 
 

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