La respuesta final a todas nuestras preguntas

La respuesta final a todas nuestras preguntas

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8.28.

En este texto tenemos en la forma más resumida, lo que quizá sea la respuesta más determinante y global para todas nuestras dudas y quejas en tiempos de prueba y aflicción. El apóstol estaba escribiendo a hombres y mujeres que sufrían tribulación y experimentaban pruebas y privaciones.

Estas cosas estaban probando su fe. Se preguntaban por qué debían sufrirlas y estaban más perplejas aún al tratar de reconciliar estas cosas con las promesas expuestas en el evangelio. Eso es lo que San Pablo trata en este gran pasaje.

En la primer parte de este capítulo, Pablo, ha estado tratando sobre los resultados y frutos del evangelio en la vida personal de cada creyente. Ha demostrado que como resultado de la obra del Espíritu Santo, el creyente puede ser más que vencedor en los ataques de la carne y el pecado. Luego procede a demostrar cómo el Espíritu Santo también nos da la seguridad de ser hijos, testificando a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y por tanto, sus herederos, y coherederos con Cristo. Repentinamente en el verso 18 intercala la afirmación: “Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”.

¿Por qué dice esto? Seguramente porque imagina que alguien en Roma argumenta de la siguiente forma: ” ¡Está bien para ti señalarnos esa gloriosa visión y decirnos que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, pero mira nuestra situación, mira las cosas que nos están ocurriendo y lo que nos amenaza en el futuro! ¿Indican que Dios toma un interés especial en nosotros? ¿Nos auguran un futuro lleno de promesas? Todo parece sernos contrario. Lejos de ocupar la conocida posición de herederos, diariamente nos enfrentamos con tribulación, tristeza, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada.

¿Cómo podemos reconciliar estas cosas con las grandes y preciosas promesas de que nos escribes y hablas? ¿Tenemos alguna garantía de que a pesar de todo lo que nos ocurre, lo que dices finalmente se llevará a cabo?” Siendo esta la dificultad real o concebible en las mentes de los cristianos en Roma, San Pablo procede a responderla. Este es, por cierto, uno de los pasajes más magníficos que se pueden encontrar en sus escritos. Como pieza literaria es espléndida, como apología; es una magnífica, elocuente y a la vez razonada afirmación del caso. Pero además, a través de todo el pasaje fluye un espíritu de devoción y adoración.

No es una disquisición académica o teórica de un problema. El escritor mismo ha experimentado incontables dificultades y pruebas. Frecuentemente ha estado en la cárcel, ha sido castigado con azotes sobremanera, varias veces se ha enfrentado con la muerte, ha recibido de los judíos cinco veces cuarenta azotes menos uno, ha sido castigado con varas y apedreado, tres veces sufrió naufragio y estuvo en profundidades del mar “un día y una noche”, estuvo en peligros de ríos, en peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez”. Esa fue su experiencia y él escribe a hombres y mujeres que si bien no habían sufrido del mismo modo, sin embargo estaban pasando por momentos muy difíciles.

En un sentido sería necesario considerar este pasaje en su totalidad, pero nuestro texto enfoca la atención sobre los principios centrales que se enseñan no sólo aquí sino en todo el Nuevo Testamento.

Nuevo Testamento

Este pasaje es típico del método del Nuevo Testamento de consolar y confortar a los creyentes. Es de vital importancia que observemos cuidadosamente y con precisión lo que dice, a la vez; lo que no dice.

Debemos tener cuidado que la elocuencia del autor no nos cautive y nos contentemos meramente con un sentir general. Debemos analizar la afirmación y ver exactamente lo que dice. Pero antes debemos tomar debida nota de algo igualmente importante.

Debemos observar no sólo la afirmación en sí sino la manera en que se hace. O, bien, el método de la teodicea es tan importante como los detalles de la misma. Expresado de otra manera, debemos comprender los principios sobre los cuales se basa la afirmación además de los detalles en sí. En verdad, si no hacemos esto, el efecto que estas palabras puedan producir en nosotros será falso, y ajeno a lo que el apóstol tenía en mente.

Hay dos principios básicos que son absolutamente vitales para comprender correctamente la enseñanza del Nuevo Testamento con respecto a este tema de la consolación. El primero es que el consuelo que imparte siempre es teológico. Esta afirmación bien puede hacer surgir sentimientos de sorpresa y quizá de enojo en muchos, pues es contrario a lo que esperaríamos naturalmente y por cierto es el extremo opuesto a lo que ha sido la actitud popular hacia la religión durante mucho tiempo. Nos hemos referido varias veces durante nuestra consideración de este tema general de la teodicea, a la oposición que existe hacia la teología y hacia la enseñanza sistemática. La experiencia y los resultados han sido exageradamente exaltados y todo intento de enfatizar la importancia vital de un fundamento verdadero ha sido rechazado, y descartado por considerarse que indica un enfoque racional o legalista.

Pero parte de la oposición general a la teología, hay muchos que están sorprendidos y apenados al pensar que la teología tenga un lugar tan vital en esto del consuelo. Su posición es que aceptan la importancia de tener una base para la vida, y que sin duda se necesita la teología y la definición.

“Esto”, argumentan, “bien puede ocupar nuestro tiempo y atención durante tiempos de paz y tranquilidad, pero en tiempos de prueba y aflicción, en tiempo de crisis y tensión, siguen diciendo, lo que uno necesita no es una tesis teológica o una afirmación razonada sino ser consolados y confortados.

Cuando los nervios están tensionados y las mentes cansadas, cuando los sentimientos están heridos y los corazones quebrantados, es cruel enfrentar a los hombres y las mujeres con algo así como un compendio teológico. Es necesario hacerles sentirse más alegres y contentos; necesitan ayuda para olvidar sus problemas y sus preocupaciones. Necesitan ser tranquilizados y aliviados. Términos teológicos en tales momentos son una impertinencia, no importa cuán correctos eran en tiempos normales. Este sentir es muy generalizado. Lamentablemente es errado, y está totalmente en desacuerdo con el Nuevo Testamento como lo demuestra claramente este gran pasaje. En verdad es uno de los pasajes de la Biblia más teológicos. Veamos algunos de los términos que se utilizan:

“Preciencia”, “predestinación”, “justificación”, “glorificación”, “los elegidos” Estas son las grandes palabras características de la teología, las palabras que han odiado y repudiado tan vigorosamente los que demandan e insisten sobre una “religión que hace algo”. Sin embargo, son estas las palabras que usa como parte integral de su mensaje este apóstol amante, quien había sufrido tanto, cuando escribe a hombres y mujeres que estaban expuestos a sufrimientos y pruebas que apenas podemos imaginar.

Les expresa su consolación en este pasaje que probablemente contiene teología más pura y que quizá ha causado más discusiones y disputas que cualquier otro pasaje individual de toda la Biblia.

¿Por qué hace esto? ¿Qué significa? La respuesta es doble.

Significa que el Nuevo Testamento jamás aísla el problema de la felicidad y jamás lo trata como algo separado y especial que debe considerarse solo. Nosotros, al desear la felicidad como lo hacemos, tendemos a hacer lo opuesto. Afrontamos la felicidad directa e inmediatamente. No nos damos cuenta que la felicidad según el Nuevo Testamento es siempre el resultado de otra cosa, y lo que determina, por tanto, si es verdadero o falso es la naturaleza del agente que la produce. Según el Nuevo Testamento hay sólo una felicidad o gozo real, y es la que se basa sobre una relación verdadera con Dios, y la felicidad que es el resultado de la justicia que Dios nos da mediante Jesucristo, su Hijo. Es porque tenemos nociones falsas de felicidad y porque la basamos en fundamentos falsos e inseguros, que constantemente experimentamos en forma alternada períodos de júbilo y abatimiento, de gozo y desesperación.

El único gozo que jamás falla es el que el mismo Señor nos da de acuerdo a su promesa. La manera de obtenerlo y retenerlo es, por tanto, comprendiendo y entendiendo las condiciones sobre las cuales el lo da. Y esto implica pensamiento y teología.

La otra razón por la cual San Pablo ofrece su consuelo de esta manera es que estaba ansioso de que comprendieran el método por el cual él se consolaba y reconfortaba a sí mismo, para poder aplicarlo a ellos mismos cuando y donde surgiera la necesidad en el futuro. No estaba tratando de consolarlos y de hacerlos sentir más felices sólo mientras leían la carta, o mientras estuviesen bajo la influencia de su personalidad. Esto significaría que tendría que escribirles a intervalos regulares. Posiblemente él no estaría vivo para hacerlo, o podrían estar dispersos y echados en prisiones y sin acceso a cartas. Su deseo, por tanto, es presentarles el método que se puede aplicar siempre, en todo lugar, y a pesar de todas las circunstancias y condiciones.

Quería que vieran que la felicidad del cristiano no es algo que se produce artificialmente y que depende de circunstancias y entornos cambiantes. Debe ser el resultado de la aceptación de ciertas verdades y el producto de un argumento lógico, razonado en base a las mismas. No es algo vago, general, e intangible que varía según los humores y sentimientos de uno o según la situación precisa en que uno se encuentra. No depende de asistencia regular a la casa de Dios y del efecto del ambiente que disfrutamos allí, ni de la predicación de sus predicadores. Debe ser el resultado, el fin y la conclusión de una serie de lógicas posiciones que cualquier creyente puede y debe resolver para sí mismo. Si dependemos de otra cosa que no sea una comprensión de la verdad estamos destinados a la desilusión y a la infelicidad.

Jesus es el camino

En cambio, si aceptamos la verdad y entendemos sus enseñanzas, podremos aplicarlas a nuestras necesidades en todo tiempo y en todo lugar. La responsabilidad primaria de la Iglesia con respecto a los creyentes es enseñarle las doctrinas de la fe y no sólo procurar consolar o entusiasmar en forma general.

El segundo principio que siempre está en evidencia en los pasajes del Nuevo Testamento que ofrecen consuelo es el enfoque que tienen de la vida. Este enfoque se denomina generalmente “de otro mundo”, o espiritual. El fracaso en comprender esto es la razón de gran parte de la desdicha en la vida de los cristianos, y también de mucha de la desilusión que sienten cuando sufren experiencias desagradables.

Sin embargo, nada hay tan característico de la Biblia como este enfoque de la vida. Esto se ve claramente en el pasaje que estamos considerando. Los cristianos, según San Pablo, son “herederos”. No han heredado completamente aún, todavía están esperando, todavía están aguardando. Hay una gloria “que ha de manifestarse” y la ansían. Están esperando “la adopción, la redención del cuerpo”.

No han recogido aun la gran siega pero han recibido “las primicias”. No han comprendido cabalmente aún su gran herencia pero han visto y conocido suficiente como para hacerles desear lo que falta y al esperarlo lo aguardan “con paciencia”. Es por todo esto que Pablo puede decir con tanta confianza que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”.

Aunque vive en el presente es evidente que el cristiano, según Pablo, debe vivir para el futuro. Es por esto que dice en otro lugar que debe poner “la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”, y exhorta a los efesios a que sepan “cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos”.

Este también es el enfoque de la epístola a los hebreos especialmente los capítulos 11 y 12. También recordamos cómo San Pedro habla de la “esperanza viva”. Ciertamente es el enfoque de la vida que se encuentra en todo el Nuevo Testamento y también en el Antiguo. Los verdaderos creyentes en Israel se consideraban como “peregrinos y extranjeros” en la tierra, pasajeros en esta tierra del tiempo. Miraban hacia adelante y hacia lo porvenir; eran peregrinos viajando hacia Dios y la eternidad.

Ese es el enfoque de la vida a través de toda la Biblia y es vital para su enseñanza de consuelo. En verdad, sin esto no hay consuelo alguno. El Nuevo Testamento dirige su atención en primera instancia a la condición de nuestras almas y no de nuestros cuerpos; se preocupa de nuestro bienestar espiritual más que de la condición material; Y por sobre todo esto, y antes de considerar nuestra relación con los hombres y lo que ellos nos puedan hacer, enfatiza la importancia de una relación correcta con Dios.

El resultado es que parece abstraerse de este mundo presente; y al encarar las peores condiciones que se puedan concebir puede decir con confianza: “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”, y también: “Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”.

Esa es su actitud hacia la vida. No es necesario que destaquemos la total diferencia que hay entre este enfoque y el moderno que es casi totalmente “de este mundo”. Al mirar y esperar cosas en esta vida y en este mundo, los hombres y las mujeres se desilusionan y tienden a culpar a Dios y al evangelio. Y cuando se les recuerda que es su enfoque de la vida y del mundo que es falso y en desacuerdo con la enseñanza de la Biblia, responden con la afirmación de que el otro enfoque no es más que una manifestación de escapismo, y a la vez culpable de no preocuparse por las condiciones y problemas presentes.

La respuesta a tal cargo no puede darse ampliamente pero debemos demostrar que es totalmente falsa. Podemos hacerla recordando ciertos hechos históricos. ¿Podemos describir a personas cuyas vidas están registradas en el Antiguo Testamento como hombres y mujeres que evitaron los problemas de la vida, por ejemplo, Abraham, Jacob, Moisés, David y todos los otros? ¿Puede decirse que los apóstoles y especialmente San Pablo, al tener enfoques extra terrestres habían escapado y evitado los problemas y las responsabilidades de la vida en este mundo? ¿Podemos acusar a los puritanos de escapismo siendo ellos quienes quizá más que otros ejemplificaron y enseñaron este punto de vista?

El hecho de que los cristianos que sostienen el punto de vista de “otro mundo” no se entusiasmen ni trabajen por ideas y proyectos basados en el enfoque opuesto, no significa que se despreocupan de la vida y de lo que ocurre. Su posición es que han aprendido que el peligro más grande es estar atado por este mundo y vivir sólo para esta vida. Han tenido una visión de cosas que “ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre”. Viven para estas cosas y para su logro final. Estas son las cosas que los entusiasman. En verdad, estas son las cosas por las cuales viven.

Pero esto no significa una indiferencia total a este mundo. Significa e implica una visión muy pesimista de este mundo, acompañada por genuinos esfuerzos para hacerla lo más tolerable posible.

¿Estamos tan preocupados por nuestras almas como lo estamos por nuestros cuerpos? ¿Experimentamos tanta agonía de espíritu al contemplar la terrible lucha espiritual que se está llevando a cabo en este mundo, como lo hacemos respecto de las guerras físicas que ocurren de tiempo en tiempo? ¿Podemos decir que nos entristecemos tanto por la errónea relación de los hombres con Dios, como por las relaciones nacionales e internacionales quebrantadas? Si nuestro enfoque de la vida no es el del Nuevo Testamento, no sólo experimentaremos graves desilusiones en este mundo sino que no seremos consolados y reconfortados por su enseñanza.

Habiendo considerado de esta forma el trasfondo de vital importancia que tiene nuestro texto, podemos proceder a considerar su enseñanza específica y detallada bajo los siguientes lineamientos. A la luz de toda clase de tribulaciones, pruebas y dificultades, anuncia que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Esta es una afirmación y una promesa.

I. Consideraremos por un momento el amplio espectro de la promesa -”todas las cosas ayudan a bien”. Generalmente se acepta que “todas las cosas” tiene especial referencia a las pruebas y tribulaciones. Esta es una de las afirmaciones más notables que se haya hecho del cristianismo. Por cierto que es la más atrevida justificación de los tratos de Dios con el hombre.

Observemos lo que dice exactamente. Quizá podremos comprender su significado mejor si lo tomamos del aspecto negativo. Vemos claramente que como cristianos no se nos promete una vida fácil en este mundo. Nuestro Señor mismo en sus enseñanzas les dijo a sus discípulos que tendrían tribulaciones, pruebas y sufrimientos. Del mismo modo Pablo enseña que nos es concedido a causa de Cristo, no sólo que creamos en él, sino también que padezcamos por él. El enfoque cristiano de la vida y del mundo es realista y no romántico. No evita preocupaciones y problemas.

Tampoco minimiza la seriedad y la gravedad de los problemas y preocupaciones. Hay quienes piensan que el deber de todo ministerio de consolación es procurar demostrar que las pruebas y aflicciones no son tan serias como parecen ser. Hay personas bien intencionadas que siempre procuran tomar esa actitud cuando tratan de ayudar a sus amigos. Es verdad que puede haber una tendencia en todos nosotros a exagerar nuestras dificultades y aumentar así nuestros problemas, y por cierto debemos controlar y frenar esa tendencia.

Pero no sólo es fatuo sino deshonesto procurar restarle importancia a un problema serio. Decirle a un hombre que está sufriendo, que su dolor no es tan fuerte como supone, es insultarlo y afrentarlo. La intención podrá ser buena pero el resultado será que en lugar de ayudarle le aumentamos su prueba produciendo una irritación adicional. Ese no es el método del Evangelio. Toma los hechos tal cual son. Los enfrenta con honestidad. No desea una victoria o éxito fáciles al restarle importancia al problema.

Del mismo modo, su mensaje para nosotros no es que debemos ceñirnos, “aguantar” y tener coraje. Hay muchos que confunden fe con coraje y consideran que el cristiano es uno que, a pesar de todo, decide y determina mantener su cabeza erguida y seguir adelante, venga lo que venga. El coraje como virtud ha sido altamente encomiado en años pasados y debemos reconocer que hay algo muy noble en este cuadro. Es varonil, es recto rehusar quejarnos y murmurar, mantener nuestra compostura y ecuanimidad a pesar de todo seguir hasta el final incólume; hay algo verdaderamente noble y heroico en todo esto. Sin embargo, es esencialmente una virtud pagana que nada tiene que ver con el cristianismo. San Pablo no les exhorta meramente a tener coraje. No apela a que sólo persistan y aguanten a pesar de todo.

Como veremos, todo su énfasis no está sobre lo que deben hacer sino sobre lo que Dios ha hecho, está haciendo y hará por ellos. Deben continuar, no ciñéndose en un espíritu de coraje Y determinación, sino poniendo “su mira en las cosas de arriba”. El coraje en su verdadera esencia y si es lo único que nos sostiene, es una confesión de debilidad. Es la actitud del hombre que rehúsa darse por vencido cuando ya no hay esperanza. El cristiano es salvado por esperanza y vive por su esperanza.

Dios obra para bien todas las cosas, para aquellos que le aman

Tampoco el mensaje cristiano consiste en alguna afirmación vaga en el sentido de que Dios nos ama y por lo tanto, de alguna manera todo saldrá bien al final, pues esto significa que queda una brecha entre el amor de Dios y la condición en que nos encontramos. Es virtualmente evitar el problema, darle las espaldas, olvidarlo y pensar en otra cosa. Estar preocupados con el problema en forma morbosa es totalmente erróneo; y es siempre bueno apoyamos en el amor de Dios. La posición cristiana no oscila entre estas dos, pues no es esa una solución real. Es un dualismo que no conecta el amor de Dios con la dificultad y el problema. Ahora bien, la gloria del evangelio es que enfrenta la situación sin evadir nada, y sin embargo, da la salida.

Algunas versiones anteriores señalan este rasgo de nuestro texto muy claramente anteponiendo la palabra “Dios” a “todas las cosas ayudan a bien”, esto es:

“Dios obra para bien todas las cosas, para aquellos que le aman”. Esto es indudablemente lo que el apóstol enseña. Estas pruebas, dificultades y tribulaciones no pueden ser ignoradas, ni carecen de explicación; Dios las utiliza, las emplea y guía de tal manera que promueven nuestro bien. No hay, pues, ninguna oposición irreconciliable entre la fe en Dios y las dificultades y pruebas de la vida. Dios las utiliza para nuestro bien y las emplea para llevar a cabo sus propios grandes propósitos. “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Esa es, entonces, la justificación final del obrar de Dios y la respuesta a todas nuestras preguntas de por qué Dios permite que ciertas cosas ocurran.

II. Sólo podemos decir algo de lo que podríamos llamar la limitación de la promesa. “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”, Esto se enfatiza al comenzar la frase con “a los que aman a Dios”. La promesa tiene una limitación. No es universal en cuanto a las personas que incluye.

Como ya hemos señalado repetidamente, la idea popular del amor de Dios es la antítesis de esto. Se considera que El promete bendecir a todos en exactamente la misma forma. Que lo hace en sus tratos providenciales con la humanidad en general es verdad. Pero luego hay una división y distinción fundamental en toda la Biblia entre los salvos y los perdidos, entre los que han entrado en una relación de pacto con Dios y de salvación por medio de Jesucristo, y los que no lo han hecho, o bien, en palabras de nuestro texto entre los “que son llamados” y los que no lo son.

La salvación es el resultado de la operación especial de gracia y hay promesas especiales para los que han recibido esta gracia. El evangelio habla de una sola forma a los que creen en el Señor Jesucristo. Les exhorta a arrepentirse y creer. No les ofrece ninguna promesa especial hasta que lo hayan hecho. En verdad, les amenaza con juicio y condenación. No les dice que “todo ayuda a bien” porque les dice en cambio que “ya están condenados”.

Como hemos visto en nuestra primera sección, las promesas y consuelos especiales no se obtienen en forma directa. Son la consecuencia y el resultado de la salvación, de creer en el unigénito Hijo de Dios. Se ofrecen sólo a los que “aman a Dios”. Debemos remarcar la palabra “aman”. No es un mero asentimiento general a una cantidad de afirmaciones acerca de Dios ni algo sentimental.

La palabra utilizada contiene la idea de un amor que está ansioso de hacer la voluntad de Dios y servirle, un amor que ansía glorificar a Dios y agradarle en todo porque El es Dios.

Hay algo verdaderamente terrible y alarmante en nuestro texto. Nos prueba en lo profundo. Conlleva la definitiva implicancia de que si cuestionamos a Dios y sus acciones con la más mínima arrogancia, significa que estamos fuera del alcance de la promesa. Los que aman a Dios saben que todas las cosas ayudan a bien. Esto no significa que a veces puede haber una dificultad genuina en explicar con precisión lo que está ocurriendo. Pero sus espíritus siempre están sanos aunque sus mentes estén perplejas. No dejan de amar a Dios. Por nuestras preguntas a menudo proclamamos lo que somos y donde estamos ubicados. La pregunta vital para nosotros es:

¿Amamos a Dios? Si no estamos en esa relación con El nos será imposible comprender su obrar y estamos fuera del alcance de sus promesas de gracia.

Todas las promesas son condicionales y antes de siquiera dudar de su fidelidad será mejor que nos examinemos a nosotros mismos y nos aseguremos de que hemos reunido las condiciones.

III. Sin embargo, tenemos que observar lo que yo llamo el mecanismo de la promesa, o sea cómo opera. El apóstol dice que “a los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien, esto es a los que son llamados según su propósito” Dice que nosotros “sabemos” esto, que es algo muy conocido y admitido, algo muy evidente para el cristiano. ¿Cómo es esto? La respuesta es en parte doctrinal y en parte experimental.

La respuesta doctrinal comienza al final de nuestro texto

La respuesta doctrinal comienza al final de nuestro texto: “a los que son llamados según su propósito”, y continúa hasta el fin del capítulo. Sabemos que todas las cosas ayudan a bien para los creyentes, porque toda su posición depende de Dios y de su actividad.

Nuestra salvación es obra de Dios. Veamos el argumento: “A los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. No hay nada accidental, o fortuito o coyuntural en el actuar de Dios. Está todo planeado y desarrollado desde el principio hasta el fin.

Nosotros lo experimentamos en forma cada vez mayor pero en la mente y el propósito de Dios ya está completo y perfecto. Nada lo puede frustrar. Es por esto que San Pablo formula su pregunta precisa: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Sin embargo, no es sólo doctrina pura, sublime, superior. Hay un hecho que lo confirma y sustenta: “¿El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, cómo no nos dará también con él todas las cosas?” ¿Permitirá Dios, que entregó a su único Hijo a esa muerte cruel en la cruz del Calvario por nosotros y nuestros pecados, que cosa alguna se interponga entre nosotros y su propósito final para nosotros? Es imposible. Con reverencia decimos que Dios, habiendo hecho lo más imposible, cumplirá todo lo demás.

Si Dios hizo esto por nuestra salvación también hará todo lo otro que sea necesario. Y si la muerte de Cristo, con todo lo que involucra, es la causa básica de nuestra salvación, por cierto que toda otra experiencia, por más amarga y cruel que sea, debe ayudar para el mismo fin. Dios tomó la más desesperada acción del pecado, en vehículo para lograr nuestra salvación, y todo otro sufrimiento menor que tengamos que soportar como resultado de la actividad del pecado y la maldad, obrará para el logro del mismo fin glorioso. Si creemos que estamos en la voluntad de Dios, si sabemos que nos ama y a la vez nosotros le amamos como consecuencia de su amor, entonces podemos tener la seguridad de que todas las cosas, sean cuales fueren, están ayudando para nuestro bien.

Gracias a Dios, también podemos responder a la pregunta acerca del mecanismo de esta gloriosa promesa en base a nuestra experiencia. El testimonio universal de todos los santos cuyas vidas están registradas tanto en la Biblia como en la historia posterior es que el texto que estamos considerando es verdad. Las formas en que cumple esta promesa son innumerables, pero el principio común a todas es el que ya hemos enfatizado, es decir, que hay sólo un fin: el conocimiento de Dios y la salvación de nuestras almas. Si recordamos esto veremos que las pruebas, tribulaciones Y tristezas producen lo siguiente:

1. Nos alertan a nuestra dependencia exagerada sobre cosas terrenales y humanas. A menudo muy inconscientemente somos afectados por nuestros entornos y nuestras vidas dependen cada vez menos de Dios y nuestros intereses se vuelven cada vez más mundanos.

2. Nos recuerdan que nuestra vida aquí en la tierra es pasajera. Cuán fácil es “acomodamos” a la vida en este mundo y vivir como si fuéramos a estar aquí para siempre. Todos tendemos a hacerlo a tal punto que olvidamos “las glorias que han de ser reveladas”, y que, como hemos señalado, deben ser el tema frecuente de nuestras meditaciones. Cualquier cosa que perturbe nuestra indolencia y nos recuerde que no somos más que peregrinos aquí, por tanto, nos estimula a “poner nuestra mira en las cosas de arriba”.

3. De la misma manera, las grandes crisis de la vida nos muestran nuestra debilidad, nuestra impotencia y nuestra falta de poder. San Pablo lo ilustra en este mismo capítulo en relación a la oración. “Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos”. En tiempos de paz y de confort pensamos que podemos orar y que sabemos cómo orar. Estamos seguros y confiados, y sentimos que estamos viviendo una vida religiosa como debe ser. Pero cuando vienen las pruebas nos revelan cuán débiles e indefensos somos.

4. Esto, a la vez, nos impulsa hacia Dios y nos hace comprender más que nunca nuestra total dependencia de El. Esta es la experiencia de todos los cristianos. En nuestra necedad imaginamos que podemos vivir en nuestra propia fuerza y nuestro propio poder, y nuestras oraciones llegan a ser frías y formales. Pero los problemas nos hacen correr a Dios y esperar en El. Dios dice acerca de Israel por medio de Oseas: “En su aflicción me buscarán temprano”. ¡Cuán cierto es esto de todos nosotros! Buscar a Dios siempre es bueno y las aflicciones nos impulsan a hacerlo.

5. Todo esto es de nuestra parte. Mirándolo del otro lado podemos decir que no hay escuela en que los cristianos hayan aprendido tanto del cuidado amoroso y tierno de Dios por los suyos, como la de la aflicción. Mientras todo ande bien, en nuestra auto-satisfacción y auto-contentamiento, no damos lugar a Dios en nuestras vidas; no permitimos que nos revele su solicitud por nosotros aun en los detalles más pequeños de nuestra vida. Es sólo cuando estamos atribulados que no sabemos “qué hemos de pedir como conviene” y comenzamos a comprender que “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Es precisamente a aquellos que han estado en “las profundidades” que el sentido de la presencia de Dios ha sido más real, y la comprensión de su poder sustentador más definido.

La viuda de un obispo moravo alemán me dijo hace pocos meses, que el testimonio universal de todos los cristianos en Alemania que habían sufrido penalidades a causa de su fe, según ella, es que no hubiesen querido perderse ni una de las pruebas y que en realidad agradecían a Dios por ellas. Por medio de estas cosas habían llegado a comprender la pobreza de sus vidas y experiencias; por estas pruebas también les habían sido abiertos los ojos para ver “las maravillas de su gracia”.

Es la forma moderna de expresar lo que dijo el salmista: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Sal. 119.71). No es más que el eco de la reacción de Pablo al veredicto:

“Bástate mi gracia, pues mi poder en la debilidad se perfecciona” que le llevó a decir: “Me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Co. 12.9, 10). ¿Es esta nuestra experiencia? Si “amamos a Dios” y nos sometemos a El por cierto lo será, pues vuelvo a recordarles que “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es a los que conforme a su propósito son llamados.

 
 

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